martes, 17 de marzo de 2015

El Joven provinciano.



Cuando todo el pueblo parecía rendir la voluntad de su furia frente a la fortaleza del General se levantó un joven que muy educado se veía, por todo el centro de las filas del ejército que custodiaba a su rey y al no ver en su semblante una amenaza los soldados  le dejaron seguir y hablar.
y entonces este gritó:
—¿Porque será que a nosotros los provincianos, por nuestro vestir de pueblo y apenas saber leer,  ni siquiera nos hacen caso en los palacios donde se reúnen los hacendados y los ricos?.
ustedes viven entre sillas hechas con la madera fina de estos abedules que nosotros mismos cortamos, tienen tazones  de lozas bien costosas y cucharas de plata que sin el mayor escrúpulo, una vez estropeadas, botan a la basura porque han conseguido uno de mejor brillo y hasta mejor tamaño,  y con este mismo descaro cambian sus esposas en secreto, cuando nadie les ve,  las que un día jóvenes, vírgenes y cara bonita,  pierden con el tiempo su gracia cuando dedicadas a la crianza y la manutención de estos señores que ustedes ven acá luego, como fruto de la lujuria de los más viejos y  la malicia de las más jovencitas se  rinden en busca de placeres sin importar si su  familia tenga pan y la riqueza que  un día frente a un altar y a la virgen juraron solemnemente.
Luego se dirigió al pueblo:
—Ahí lo tienen, ellos son los que nos dirigen, seres humanos manejando a otros porque supuestamente son mejores para hablar con el rey y porque escriben cartas con palabras que ni uno conoce. Porque cuando sabe hacer esas cosas, y aprende a contar monedas, termina siendo su caudillo, la mano derecha para los hechos más repugnantes y las degradaciones sociales más vergonzosas, cuando se supone que una vez que  dejas de ser pobre no te arrodillas más  a lamerle los zapatos a los ricos más bien das la vuelta, miras tu pueblo, y le das su tan anhelado pan y si no lo recuerdas.
alguien pareció ponerse de pie, el joven no le vio y prosiguió como quien ahora
Ahora, toca donde la llaga que dejó  la hambruna o el dolor en los huesos que por las noches se despierta  a causa del frío que nunca pudiste cubrir de niño para recordar tu simiente y al cabo defender tu corroído honor el cuál no fuiste capaz, ni nunca podrás defender; porque ya te vendiste como siempre lo has hecho, como un simple pobre con un vestido fino y unas cuantas monedas que apenas logras juntar  en tu bolsillo izquierdo.

El rostro del general hervía, sacó su espada y le cortó la  cabeza al muchacho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario