Cuando todo el pueblo parecía rendir la voluntad de
su furia frente a la fortaleza del General se levantó un joven que muy educado se veía, por todo el centro de las filas del ejército que custodiaba a su rey y al no ver en su semblante una amenaza los soldados le dejaron seguir y hablar.
y entonces este gritó:
—¿Porque
será que a nosotros los provincianos, por nuestro vestir de pueblo y apenas
saber leer, ni siquiera nos hacen caso
en los palacios donde se reúnen los hacendados y los ricos?.
ustedes viven entre sillas hechas con la madera
fina de estos abedules que nosotros mismos cortamos, tienen tazones de
lozas bien costosas y cucharas de plata que sin el mayor escrúpulo, una vez
estropeadas, botan a la basura porque han conseguido uno de mejor brillo y
hasta mejor tamaño, y con este mismo
descaro cambian sus esposas en secreto, cuando nadie les ve, las que un día jóvenes, vírgenes y cara bonita, pierden con el tiempo su gracia cuando dedicadas
a la crianza y la manutención de estos señores que ustedes ven acá luego, como
fruto de la lujuria de los más viejos y la malicia de las más jovencitas se rinden en busca de placeres sin importar si su
familia tenga pan y la riqueza que un día frente a un altar y a la virgen
juraron solemnemente.
Luego se dirigió al pueblo:
—Ahí lo
tienen, ellos son los que nos dirigen, seres humanos manejando a otros porque
supuestamente son mejores para hablar con el rey y porque escriben cartas con
palabras que ni uno conoce. Porque cuando sabe hacer esas cosas, y aprende a
contar monedas, termina siendo su caudillo, la mano derecha para los hechos más
repugnantes y las degradaciones sociales más vergonzosas, cuando se supone que
una vez que dejas de ser pobre no te
arrodillas más a lamerle los zapatos a
los ricos más bien das la vuelta, miras tu pueblo, y le das su tan anhelado pan
y si no lo recuerdas.
alguien pareció ponerse de pie, el joven no le vio y prosiguió como quien ahora
alguien pareció ponerse de pie, el joven no le vio y prosiguió como quien ahora
Ahora, toca donde la llaga que dejó la hambruna o el dolor en los huesos que por
las noches se despierta a causa del frío
que nunca pudiste cubrir de niño para recordar tu simiente y al cabo defender
tu corroído honor el cuál no fuiste capaz, ni nunca podrás defender; porque ya
te vendiste como siempre lo has hecho, como un simple pobre con un vestido fino
y unas cuantas monedas que apenas logras juntar en tu bolsillo izquierdo.
El rostro
del general hervía, sacó su espada y le cortó la cabeza al muchacho.

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