miércoles, 25 de marzo de 2015

El Boulevard de St Louis

Me paro en frente de una boutique completamente solo, llevo un gajo de billetes en el bolsillo derecho de mi jersey que tomé por afán y recuerdo haber  tras tratado n arduo día de trabajo, soy hombre sí elegante según lo parezco porque siempre uso abrigos finos y aquel lugar me recuerda mucho a mi esposa, la misma que se me viene a la cabeza al ver los maniquíes en uno de los escaparates principales.
¡Me haces mucha falta Marianne!
El caso es que sigo parado en frente con la idea tonta de creer que un hombre no se para en frente de una boutique a mirar los escaparates, busco un detalle para mi esposa, ¡Eso Es! pero si al menos tuviera una todo tendría un sentido para cualquiera, por desgracia Marianne Ya no está y es ahora que me acostumbro a deambular solo por el boulevard the St Louis a tan solo unas cuadras del edificio donde vivia con mi esposa.
Pero seguro os estoy aburriendo con esta ridícula perorata, Estoy aquí porque busco una mujer como ella,  aunque suene extraño, fue de esta forma como la conocí y supongo que estaréis pensando que es ridículo buscar a alguien en el mundo en reemplazo de otra peersona, mis amigos dicen que debo olvidar a Marianne, que  es mejor creer que ya todo pasó y ahora debo hacer mi vida de nuevo, y cuando esto ocurra seguro encontraré alguien que a no sea Marianne, todo quizá vuelva a comenzar, pero con todo el cariño que les tengo a mis amigos creo que ya soy algo viejo para que ello suceda.
Estaba por ir a tomar un café en un lugar donde la gente no solo aprovecha las tardes después del almuerzo para ello sino para disparsarse y conocer gente nueva.

Os ruego que cualquiera que lea estas letras me diga si me recomienda entrar ¿qué opinais?

martes, 17 de marzo de 2015

El Joven provinciano.



Cuando todo el pueblo parecía rendir la voluntad de su furia frente a la fortaleza del General se levantó un joven que muy educado se veía, por todo el centro de las filas del ejército que custodiaba a su rey y al no ver en su semblante una amenaza los soldados  le dejaron seguir y hablar.
y entonces este gritó:
—¿Porque será que a nosotros los provincianos, por nuestro vestir de pueblo y apenas saber leer,  ni siquiera nos hacen caso en los palacios donde se reúnen los hacendados y los ricos?.
ustedes viven entre sillas hechas con la madera fina de estos abedules que nosotros mismos cortamos, tienen tazones  de lozas bien costosas y cucharas de plata que sin el mayor escrúpulo, una vez estropeadas, botan a la basura porque han conseguido uno de mejor brillo y hasta mejor tamaño,  y con este mismo descaro cambian sus esposas en secreto, cuando nadie les ve,  las que un día jóvenes, vírgenes y cara bonita,  pierden con el tiempo su gracia cuando dedicadas a la crianza y la manutención de estos señores que ustedes ven acá luego, como fruto de la lujuria de los más viejos y  la malicia de las más jovencitas se  rinden en busca de placeres sin importar si su  familia tenga pan y la riqueza que  un día frente a un altar y a la virgen juraron solemnemente.
Luego se dirigió al pueblo:
—Ahí lo tienen, ellos son los que nos dirigen, seres humanos manejando a otros porque supuestamente son mejores para hablar con el rey y porque escriben cartas con palabras que ni uno conoce. Porque cuando sabe hacer esas cosas, y aprende a contar monedas, termina siendo su caudillo, la mano derecha para los hechos más repugnantes y las degradaciones sociales más vergonzosas, cuando se supone que una vez que  dejas de ser pobre no te arrodillas más  a lamerle los zapatos a los ricos más bien das la vuelta, miras tu pueblo, y le das su tan anhelado pan y si no lo recuerdas.
alguien pareció ponerse de pie, el joven no le vio y prosiguió como quien ahora
Ahora, toca donde la llaga que dejó  la hambruna o el dolor en los huesos que por las noches se despierta  a causa del frío que nunca pudiste cubrir de niño para recordar tu simiente y al cabo defender tu corroído honor el cuál no fuiste capaz, ni nunca podrás defender; porque ya te vendiste como siempre lo has hecho, como un simple pobre con un vestido fino y unas cuantas monedas que apenas logras juntar  en tu bolsillo izquierdo.

El rostro del general hervía, sacó su espada y le cortó la  cabeza al muchacho.